El básquetbol forma parte de la vida de Lázaro Chappottin desde mucho antes de que comenzara a competir profesionalmente. Es una herencia familiar que lleva el apellido de su padre, Roberto Chappottin, un cubano que llegó a Bolivia, echó raíces y dejó una marca en el básquet nacional como pívot.
Roberto, de 2,10 metros de estatura, se convirtió en un referente dentro de las canchas y posteriormente continuó vinculado al deporte como entrenador. Su hijo siguió el mismo camino, aunque desde otra posición: Lázaro juega como ala-pívot y actualmente es uno de los refuerzos de MG en la Liga Boliviana de Básquet (Libobásquet).
Nacido en Cochabamba y criado prácticamente toda su vida en Santa Cruz, Lázaro ha construido su carrera entre las canchas bolivianas y algunas experiencias en el exterior, principalmente en México y Argentina. Un recorrido que guarda cierta similitud con el de su padre cuando llegó a Bolivia.
UN JUGADOR DE DUELOS Y CARÁCTER
Dentro de la cancha, Lázaro no pasa desapercibido. Su estilo de juego es físico, intenso y de mucho roce. Esa manera de competir también le ha generado momentos de polémica y expulsiones.
Él mismo reconoce que disfruta los duelos personales. “Yo no busco problemas, pero me gustan los duelos personales. El que me busca me encuentra. De mí nunca va a salir la mala intención primero, sin que me provoquen”.
Su carácter competitivo es parte de su personalidad como jugador. Para Lázaro, el contacto y la intensidad forman parte del básquet, aunque considera que muchas veces las decisiones arbitrales terminan condicionando los partidos.
“La verdad no sé cuántas veces me han expulsado. Algunas veces por nada, pues el arbitraje de Bolivia no es de los mejores. Hay árbitros buenos”, relata Lázaro, que al igual que su padre es calentón, y también impone presencia con sus 1,98 de estatura.
MG Y EL SUEÑO DE SER CAMPEÓN
Con MG, Lázaro tiene un objetivo claro: pelear por el título. En la primera fase de la Dimabol, su equipo enfrentó a San José de Chiquitos y consiguió dos contundentes victorias: 103-54 y 86-62.
Los resultados permitieron a MG avanzar hacia la segunda fase del torneo nacional, donde el desafío será todavía mayor.
“Estamos para ser campeones con MG”. La frase refleja la mentalidad con la que encara esta etapa de su carrera. A sus 26 años, Lázaro siente que todavía tiene mucho por demostrar dentro del básquet boliviano.
EL BÁSQUET NO ALCANZA PARA VIVIR
Como ocurre con muchos deportistas bolivianos, dedicarse exclusivamente al básquet no siempre permite vivir de la profesión. Por eso, Lázaro ha tenido que desarrollar otras actividades relacionadas con el deporte.
“El básquet no da para vivir. Tengo otras ocupaciones para vivir, como ser entrenador y preparador físico”.
Su vínculo con el deporte, entonces, no se limita a los partidos. También trabaja desde el otro lado de la cancha, como entrenador y preparador físico, buscando convertir su experiencia como jugador en una herramienta para formar a otros deportistas.
EL SUEÑO EUROPEO
A los 26 años, Lázaro todavía mantiene intacta una de sus grandes ambiciones: jugar en Europa.
“Con 26 años, mi sueño es salir a jugar a una liga europea”. Pero también reconoce las dificultades que enfrentan los jugadores bolivianos para conseguir una oportunidad fuera del país.
Según explica, uno de los principales obstáculos es la falta de exposición internacional que permita que clubes y entrenadores extranjeros conozcan el verdadero nivel de los jugadores nacionales.
“Nos cuesta salir porque acá no hay mucha cobertura para que nos vean jugar. Hay buenos jugadores, y la única manera de salir es ir y mostrarse. Que le hagan pruebas para que vean el nivel que tenés”.
Para Lázaro, esa es precisamente una de las vías que han permitido que algunos basquetbolistas bolivianos consigan oportunidades en el exterior.
UNA HISTORIA CON LA SELECCIÓN
Su recorrido también incluye varias convocatorias a selecciones cruceñas y nacionales. Sin embargo, hace aproximadamente seis años dejó de ser convocado después de una situación que, según relata, marcó su relación con la selección.
“Integré varias selecciones cruceñas y nacionales. No me convocaron más desde que dijeron que me pague pasajes y estadía para venirme de México a Bolivia y les dije que no tenía solvencia económica. Y nunca más me convocaron. De eso hace seis años”.
Desde entonces, continuó trabajando para mantenerse competitivo y seguir creciendo como jugador.
EL LEGADO DE LOS CHAPPOTTIN
Padre e hijo comparten algo más que el apellido y la pasión por el básquet. Ambos tienen un estilo de juego intenso, de contacto y personalidad fuerte dentro de la cancha.
Roberto dejó su huella como pívot y posteriormente como entrenador. Lázaro busca ahora construir su propio camino como ala-pívot, mientras combina su carrera deportiva con su trabajo como entrenador y preparador físico.
El desafío es grande: consolidarse en el básquet nacional, pelear por títulos y conseguir esa oportunidad internacional que todavía aparece como una cuenta pendiente. A los 26 años, Lázaro Chappottin sabe que el tiempo corre, pero también que la historia de los Chappottin todavía tiene capítulos por escribir. Y él quiere escribirlos dentro de una cancha.
