Llegó desde Cuba en 1998, dominó las canchas de Santa Cruz, reforzó equipos en Argentina y Colombia, formó una familia boliviana y hoy transmite su legado desde una escuela de básquet. Podio presenta la historia inédita de Roberto Chappottín Salazar en una entrevista especial de dos entregas en video a publicarse este viernes.
Hablar del básquetbol cruceño de finales de los años 90 y principios de los 2000 es recordar a una figura que sobresalía no solo por su estatura, sino también por su talento, liderazgo y carisma. Roberto Chappottín Salazar, el jugador cubano que llegó a Bolivia en octubre de 1998, se convirtió en uno de los extranjeros más queridos y admirados que pasaron por las canchas de Santa Cruz de la Sierra.
A sus 52 años, Chappottín conserva intacta la pasión por el deporte que marcó su vida. Su nombre está ligado a algunos de los equipos más importantes del básquet cruceño, entre ellos Nonis y Real Santa Cruz, instituciones con las que protagonizó memorables jornadas en una época en la que el llamado «templo del básquet», el coliseo Gilberto Parejas, lucía graderías repletas y una afición entregada al espectáculo.
Con su altura y capacidad técnica, se transformó en un jugador prácticamente imparable para los rivales. No tardó en convertirse en una de las grandes figuras de la liga local y en un referente para las nuevas generaciones.
Pero la historia de Chappottín no se limitó a Bolivia. Su nivel le permitió cruzar fronteras para reforzar equipos en Argentina y Colombia, entre otros países, experiencias que enriquecieron su carrera y consolidaron su prestigio internacional.
Sin embargo, el destino tenía reservado para él algo más que triunfos deportivos. Santa Cruz se convirtió en su hogar. Aquí formó una familia junto a su esposa, Norma Ysela Valdivia de Chappottín, cochabambina de nacimiento y compañera de vida en cada uno de sus proyectos.
Juntos construyeron una familia profundamente ligada al deporte. Sus hijos siguieron el camino del balón naranja: Lázaro Roberto, de 25 años, juega en Junior; Leandro Rodny, de 22 años, integra el plantel de Junior en la Primera A del básquet cruceño; mientras que el menor, Ruddy Santiago, de 11 años, defiende los colores de Las Misiones.
«Soy más camba que la yuca», suele decir entre risas Chappottín, una frase que resume el cariño y la identificación que siente por la tierra que lo acogió hace casi tres décadas. Aunque nació en Cuba, se considera un camba más y lleva con orgullo esa identidad que construyó con los años.
Tras una extensa trayectoria, las lesiones comenzaron a pasar factura. Las molestias constantes en una rodilla lo llevaron a retirarse de la Primera A a los 44 años. Posteriormente continuó compitiendo en el Maxibásquet, hasta que hace seis años decidió poner fin definitivamente a su etapa como jugador.

Periodistas de Podio junto al basquetbolista más alto que jugó en la Liga cruceña.
Lejos de alejarse del deporte, encontró una nueva misión: formar talentos. Actualmente lidera junto a su esposa la Escuela de Básquet Las Misiones, proyecto que también cuenta con representación en la Primera A femenina y que se ha convertido en un importante espacio de formación para niños y jóvenes.
La historia de Roberto Chappottín Salazar es la historia de un deportista que llegó desde otro país para convertirse en protagonista de una de las épocas más recordadas del básquet cruceño. Un gigante dentro de la cancha y una persona que encontró en Bolivia un lugar para echar raíces, formar una familia y dejar un legado que continúa creciendo.
Podio presenta esta entrevista especial en dos entregas. La primera, a publicarse a primeras horas de este viernes, abordará la trayectoria deportiva de Chapottín desde su llegada a Bolivia hasta la actualidad. La segunda, que saldrá por la tarde, de la misma jornada, revelará aspectos poco conocidos de su vida personal, sus anécdotas, desafíos y el legado que hoy comparte con las nuevas generaciones del básquet nacional.
