El ring de la Federación Argentina de Boxeo (FAB) fue testigo, hace apenas unos días, de una imagen que trasciende lo deportivo. Bamba Niang, el boxeador senegalés que se ha convertido en la nueva sensación del pugilismo local, estiró su invicto a diez victorias tras derrotar por puntos a Agustín Chávez. Sin embargo, lo que más conmovió a los presentes no fue solo su potencia, sino la bandera argentina que lució orgulloso sobre su cabeza.
La historia de Niang es un relato de resistencia. Llegó desde Senegal buscando un futuro mejor y, lejos de las luces del éxito inmediato, se gana la vida diariamente como vendedor ambulante. Entre mantas y productos ofrecidos en las veredas, Bamba forjó una disciplina de hierro: camina la ciudad durante horas para subsistir y, al caer la tarde, se encierra en el gimnasio para pulir el talento que hoy lo mantiene imbatible.
Un corazón «Albiceleste»
Con un récord de 10-0, el africano ya no es solo una curiosidad en el circuito; es una amenaza real en la categoría mediano. Pero su ambición no es solo sumar cinturones, sino hacerlo bajo la bandera del país que lo cobijó. «Quiero pelear por Argentina», repite como un mantra cada vez que baja del cuadrilátero.
Su carisma y humildad lo han convertido en un favorito del público. Mientras los trámites de nacionalización siguen su curso, Niang continúa derribando oponentes y prejuicios, demostrando que la identidad no siempre la define el lugar de nacimiento, sino el esfuerzo y la gratitud.
