La vida le puso una prueba demasiado dura cuando apenas comenzaba a descubrir el mundo. A los 11 años, Matías Vaca Gutiérrez sufrió la pérdida de su madre, Carmen Gutiérrez. El dolor marcó su infancia y abrió una etapa difícil, de esas que obligan a madurar antes de tiempo. Sin embargo, en medio de la tristeza, encontró una disciplina que le permitió volver a mirar hacia adelante: el kung fu.
Hoy, con 16 años, Matías tiene una medalla de plata panamericana que representa mucho más que un resultado deportivo. Es el símbolo de una historia de superación, de un joven que transformó su dolor en fortaleza y que, con cada entrenamiento, alimenta el sueño de llegar a lo más alto del deporte mundial.
Desde el fallecimiento de su madre, vive junto a sus abuelos, Walter Gutiérrez y Gloria Fidelina Gutiérrez, quienes lo acompañan en su crecimiento personal y deportivo. En ellos encontró un hogar desde el cual seguir adelante, estudiar y perseguir sus objetivos.
Estudiante de cuarto de secundaria del colegio Simón Bolívar, Matías intenta equilibrar las exigencias académicas con una rutina deportiva que requiere constancia y sacrificio. Su entrenador, Gabriel Salas, lo acompaña desde hace seis años y conoce de cerca la evolución de un muchacho que convirtió la disciplina en una forma de vida.
EL KUNG FU COMO REFUGIO Y CAMINO
El acercamiento de Matías al kung fu llegó en una etapa especialmente difícil. Después de perder a su madre, encontró en este arte marcial una oportunidad para recuperar el ánimo, concentrarse en nuevos objetivos y canalizar sus emociones a través del deporte.
Con el paso del tiempo, aquello que comenzó como una herramienta para sobreponerse al dolor se convirtió en una pasión y, finalmente, en una posibilidad de representar a Bolivia en escenarios internacionales.
Su especialidad es el Nandao, una modalidad del wushu moderno que consiste en ejecutar una rutina técnica con un sable chino de un solo filo, característico de los estilos sureños de las artes marciales chinas. No se trata de un combate directo contra otro competidor, sino de una demostración en la que se evalúan la técnica, la coordinación, la fuerza, los desplazamientos, las posiciones y la precisión de cada movimiento.
En esa exigente prueba, Matías consiguió subir al podio panamericano y conquistar la medalla de plata. Un resultado que, según su entrenador, representa un logro histórico para Bolivia dentro de las modalidades de esta disciplina.
Detrás de la presea hay horas de preparación, correcciones técnicas y una exigencia que no admite atajos. Matías entrena cuatro horas diarias, una rutina que combina con sus estudios y que exige organización, compromiso y una enorme voluntad de superación.
RIFÓ SU PLAYSTATION 4 PARA PERSEGUIR SU SUEÑO
Llegar a una competencia internacional también requiere recursos económicos, y esa fue otra de las barreras que Matías tuvo que enfrentar. Para reunir el dinero necesario para viajar, trabajó durante un tiempo, vendió manillas y tomó una decisión que refleja cuánto estaba dispuesto a arriesgar por su sueño: rifar su PlayStation 4.
El joven deportista dejó de lado una de sus pertenencias más preciadas para acercarse a una oportunidad que podía cambiar su trayectoria deportiva. “Viajé gracias a mis ahorros, vendiendo manillas y a que rifé mi Play 4”, contó Matías, al recordar el esfuerzo que tuvo que realizar para llegar a la cita continental.
Su testimonio revela una realidad que viven muchos deportistas jóvenes: el talento y la preparación no siempre son suficientes cuando los costos de competir se convierten en un obstáculo. Aun así, Matías encontró la manera de seguir adelante y terminó recompensando ese esfuerzo con una medalla internacional.
Para Gabriel Salas, su entrenador, el resultado es apenas una muestra de lo que todavía puede conseguir. “Es un chico sano, de su casa, muy disciplinado. En teoría ya clasificó a un Mundial, ahora estamos esperando confirmación. Hay que ver varios factores, sobre todo el económico”, explicó.
La posibilidad de disputar un campeonato mundial representa el siguiente gran desafío. La clasificación deberá confirmarse y, una vez asegurada, será necesario encontrar el respaldo económico para hacer realidad el viaje.
UN CAMPEÓN QUE TAMBIÉN NECESITA OPORTUNIDADES
Matías no solamente busca crecer como deportista. También quiere continuar sus estudios y contar con las condiciones necesarias para construir un futuro profesional sin abandonar el kung fu.
Por eso, espera acceder a una beca en algún colegio que le permita proseguir su formación secundaria y seguir desarrollándose en el alto rendimiento. Su compromiso es responder a esa oportunidad con buenas calificaciones, responsabilidad y resultados deportivos.
La aspiración no es pequeña: necesita apoyo para sostener sus entrenamientos, continuar estudiando y prepararse para los próximos desafíos internacionales. Su medalla de plata panamericana demuestra que tiene condiciones para competir, pero el siguiente paso dependerá también de que pueda contar con los recursos necesarios.
A sus 16 años, Matías sabe que todavía le queda un largo camino por recorrer. No obstante, ya aprendió que los objetivos importantes exigen sacrificios y que, incluso en los momentos más difíciles, es posible encontrar motivos para continuar.
EL SUEÑO ESTÁ INTACTO: SER CAMPEÓN MUNDIAL
Cuando habla de su futuro, Matías no esconde la ambición que lo impulsa a entrenar cada día.
“Sueño con ser campeón mundial”, afirma.
Es una frase sencilla, pero detrás de ella hay una historia profunda: la pérdida de su madre, el refugio que encontró en el kung fu, el acompañamiento de sus abuelos, los años de preparación junto a su entrenador y el sacrificio de trabajar, vender manillas y rifar una consola para representar a Bolivia.
La medalla de plata panamericana ya ocupa un lugar especial en su trayectoria. Ahora, el desafío es convertir ese logro en el punto de partida de una nueva etapa, con la mirada puesta en el Mundial y en la posibilidad de llevar la bandera boliviana a lo más alto.
Matías Vaca Gutiérrez no tiene todas las respuestas ni todas las condiciones a su favor. Tiene 16 años, una familia que lo acompaña, una disciplina que lo sostiene y un sueño que se niega a abandonar.
Su historia recién comienza. Y mientras sigue perfeccionando cada movimiento de su Nandao, también continúa construyendo, paso a paso, el futuro que un día imaginó cuando necesitaba encontrar fuerzas para volver a sonreír.
